Querido Amigo:

Con un saludo cordial en el Señor, te damos la bienvenida a éste “Blog” dedicado a la «consolación de Dios». Teniendo como ideal «el Evangelio de Jesús», queremos acoger éste servicio, como recuerda San Pablo a las primeras comunidades en sus viajes apostólicos. De hecho, su misión se identifica con la consolación de Dios a su pueblo sintiéndose portador de un consuelo profundo que proyecta en su ministerio. Seamos las manos y el corazón de Jesús en medio de un mundo que sufre y que ésta sediento de amor.

Todos necesitamos vivir en consolación: sentir ese movimiento interior de amor, esperanza, fe, caridad, alegría, realismo, que me lleva a Dios y que me trae paz. La consolación es vivir en «humildad» porque es gracia de Dios y no un esfuerzo propio; es también vivir en «realismo»  sin perder el norte, seguir discerniendo sin fantasear. Lo contrario a la consolación es la desolación: es otro movimiento interior que me hace sentir desazón, odio, desconfianza, temor, tentación, pereza y tristeza.  Entramos en ella por ser tibios, es decir, somos perezosos, negligentes, hemos dejado nuestra oración; también al rechazar la prueba, no hago frente a las dificultades y me escondo; Olvidar a Dios, pensamos que somos los cocineros de nuestra vida. Y hay otra desolación, que le llamamos desolación espiritual: porque recibes los sacramentos, rezas y eres con tu familia servicial, pero no estas en gracia; Dios permite que entres en esa desolación, que no es una enfermedad, Dios permite eso para que tu conozcas quién eres. Quizás no lo sabes, pero tal vez necesitas ser consolado: sentir en el alma ese toque de Dios, para que tu corazón se inflame en alegría y amor de tu Señor.

A imitación de nuestra madre, la Santísima Virgen María, cada uno de nosotros debe de mostrarse como el lugar de la consolación de Dios.

Con gran afecto:
Tu amigo, Daniel Espinoza