¡Consolad, consolad a mi pueblo! (Is 40,1) está palabra comienza con un doble verbo imperativo que rompe el silencio de Dios en el exilio, porque es un grito, es una urgencia, es una llamada, que nos interpela a realizar el mayor y primer servicio que podemos darle a una persona humana: ¡el de dejarle a Dios en el corazón!; porque cualquiera que sea su circunstancia vital si tiene a Dios en su vida todo lo podrá en aquel que lo conforta. (Flp 4,13)

Nuestra misión será acoger el servicio de la «Consolación» como recuerda San Pablo a las primeras comunidades en sus viajes apostólicos; De hecho su misión se identifica con la consolación de Dios a su pueblo sintiéndose portador de un consuelo profundo que él proyecta en su ministerio. A imitación de María cada uno de nosotros debe de mostrarse como el lugar de la consolación de Dios.

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